El castillo del terror y otros casos policiacos

Mayo 10, 2009 por buscatesoro3

El

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CASO 1.

EL CASTILLO DEL TERROR

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Desde fuera, la casa tenía un aspecto comple­tamente normal. Incluso si se entraba, en el inte­rior no había nada extraño. Ni tampoco al dar una vuelta por las habitaciones se encontraba nada sospechoso. Ni siquiera los miembros del Club D se habrían enterado de algo si no hubie­ran ayudado a Abel a pintar su nueva habitación.

Una semana antes, la madre del chico había com­prado la casa a una inmobiliaria. Había sido una ganga porque el anterior propietario era un señor del que decían que había robado un tren de co­rreos diecisiete años atrás. El botín había sido de veinticinco millones de los antiguos chelines, es decir, casi dos millones de euros.

En todo el tiempo transcurrido desde el robo, el hombre no hizo na­da sospechoso ni habló con nadie. No tenía ni fa­milia ni amigos y no salía de casa casi nunca. Como durante toda la noche tenía la luz encendida y du­rante el día cerraba las cortinas, los vecinos empe­zaron a decir que la casa era “el castillo del terror”.

Ahora hacía tres meses que el dueño, un tal se­ñor Glock, había muerto en un accidente de co­che y la casa se había puesto en venta.

Al principio, a la madre de Abel no le hacía gra­cia el “apodo” de la casa, pero luego se dejó con­vencer por su buen precio.

A Abel le encantaba el misterio que había en­ torno a la casa. Ahora invertía todo el tiempo li­bre que tenía en convertir su habitación en una “guarida” perfecta. Lo primero era quitar de las paredes el antiguo y feo papel pintado. Sus ami­gos detectives le ayudarían.

Fue Lía la que encontró las postales.

—¡Mirad! —exclamó.

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Debajo del papel pintado había siete postales, todas con la misma fecha: 08/08/88.

Dominik no tardó en darse cuenta de algo ex­traño. Se lo explicó a sus compañeros:

—El texto no coincide con la imagen de la pos­tal. La foto es de Graz, pero Dalaas está en Vorarlberg. ¿Por qué mandaría esa tal Gerti saludos des­de Vorarlberg en una postal de Estiria?

Lía estaba de acuerdo. Sí que era muy extraño. En las demás postales pasaba algo pa­recido. Según la tal Gerti, las había escrito en Gurk, Eisbach, Frankenfels, Kleedorf, Lochen y Moosdorf.

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Los cuatro amigos no entendían nada. ¿Qué sig­nificaba esto? Seguro que había algo raro, porque, si no, el propietario del “castillo del terror” no habría escondido las postales debajo del papel pintado.

—Podríamos ir al periódico local y buscar en los archivos los artículos sobre el robo del tren en el año 88 —propuso Dominik—. Tal vez en­contremos alguna pista.

¡Dicho y hecho! Los detectives tuvieron suerte. Después de esperar media hora, el encargado del archivo les dio siete periódicos con artículos so­bre el robo.

Los amigos leyeron los artículos con mucha atención y se enteraron de lo siguiente: los la­drones eran dos, uno escapó con el botín y el otro sería seguramente el señor Glock, el dueño del “castillo del terror”. Sin embargo, el caso nunca se resolvió. No se encontraron pruebas en contra del señor Glock y fue imposible hallar al otro ladrón con el botín.

De vuelta al “castillo del terror” Lia vol­vió a examinar las postales. Después de un tiem­po, se dio cuenta de que había unos pequeños números escritos al lado de los sellos. La persona que había escrito las postales, las había numera­do del 1 al 7.

Lía tardó un buen rato, pero al final resolvió parte del misterio. El compañero o la com­pañera del señor Glock le había enviado un men­saje codificado.

Por la noche, Lía les contó a sus amigos lo que había averiguado:

—En algunas de las postales hay fallos de or­tografía. Si se leen en el orden correcto, se ob­tiene un mensaje secreto.

Poppi miró con atención las postales y desci­fró el mensaje:

—”Banco de lnnsbruck,caja fuerte número”.. —¡Ahora entiendo por qué el señor Glock era tan antisocial! —exclamó Abel—. No supo nunca dónde había escondido su parte del botín su com­pañero… o compañera: en una caja fuerte del Ban­co de Innsbruck.

—Lo que no sabemos todavía es cuál es el nú­mero de la caja fuerte —dijo Lilo.

De nuevo, los detectives miraron las postales, pero no encontraron ninguna indicación del nú­mero.

Al final se rindieron y decidieron ayudar a la madre de Axel con las cajas de libros. En una de esas cajas, Lilo vio la guía de teléfonos. Eso le dio una idea a Lía. Sacó la guía de la caja y empezó a hojearla.

Encontró lo que estaba buscando. Sin perder el tiempo, deslizó el dedo por las columnas de la guía. En un papelito, apuntó varios números. —¡Lo tengo! —gritó pocos segundos des­pués—. El número de la caja fuerte es el 39.786.

Los detectives llamaron a la policía para re­velar su hallazgo. Al principio, los agentes no les creyeron. Pensaban que no eran más que niños juguetones con afán de protagonismo.

Enfadado, Abel volvió a la tarea de arreglar la habitación. Al retirar los últimos restos de papel pintado, encontró otra cosa: una llave que pare­cía ser de una caja fuerte de un banco.

Se la pasó a Lilo y ésta se puso manos a la obra una vez más: llamó a todas las sucursales del Ban­co de Innsbruck en esa ciudad. Tras varios inten­tos, dio con la sucursal que tenía una caja fuerte con el número en cuestión: 39.786.

Al día siguiente salió la noticia: en la caja fuer­te se encontraron 12,5 millones de los antiguos chelines. Se trataba de la parte del botín que co­rrespondía al señor Glock. El pobre ladrón se ha­bía muerto sin encontrar su dinero…

La pregunta:

¿Cómo descubrió Lilo el número de la caja fuerte? Explícalo.

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CASO 2.

¿VERDADERO O FALSO?

Tienes que identificar la histo­ria falsa. Aunque las tres parezcan igual de in­creíbles…

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1. Hace quince mil años, la gente construía sus casas con huesos de mamut. Se necesitaban dos semanas de trabajo para terminar los hoga­res, hechos con el esqueleto del elefante peludo. La piel del mamut servía para cubrir el techo, que luego se protegía con tierra y musgo.

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2. El récord mundial de mantenerse en pie so­bre una sola aguja lo posee un faquir de la India que se llama Indiro: 7 horas, 3 minutos y 38 segundos. Se apoyaba solamente sobre el dedo gordo de un pie en lo alto de una aguja de siete centímetros de largo.

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3. Hace cincuenta años, en Brasil, un rinoceronte llamado Cacareco fue elegido concejal municipal. En protesta contra el alcalde y los altos precios, cincuenta mil personas dieron su voto a ese animal. Sin embargo, no hizo falta instalar una butaca especial para el rinoceronte porque la elec­ción se declaró inválida.

CASO 3.

¿DE QUIÉN ERAN LOS PERROS?

—¡Suelte a mis perros! —gritó una mujer con voz nerviosa.

Los cuatro detectives estaban dando un paseo por el bosque para refrescarse las neuronas, pero ni siquiera en medio de la naturaleza les dejaban descansar. Salieron corriendo en la dirección de la voz. En un claro entre los árboles vieron a dos se­ñoras en medio de una fuerte discusión. Una de ellas llevaba en los brazos dos pequeños perros de color marrón con unas orejas muy grandes y muy graciosas.

—Esta raza se llama “perro mariposa”—ex­plicó Poppi a sus amigos—. Son muy caros.

—¡Son míos! —exclamó la más mayor de las dos mujeres—. ¡Devuélvamelos!

—¡Mentira! Son míos. Tengo las correas —con­testó la otra, que llevaba los perros encima.

Poppi vio enseguida cuál de las dos señoras era la legítima dueña.

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La pregunta:

¿Cuál de las dos era la dueña de los perros? ¿Por qué lo supo Poppi?

CASO 4.

EL GALLO RAPERO

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Ottokar, el gallo rapero,era una estrella del es­pectáculo que dejaba a todo el mundo boquia­bierto. Vivía en el gallinero del restaurante que llevaba su nombre y se paseaba de un lado a otro durante todo el día, mientras que los turistas, sen­tados alrededor de pequeñas mesas de tres patas, esperaban no sólo la llegada de los platos sino principalmente el momento en el que Ottokar sol­tara su extraño quiquiriquí, que tanto se parecía a una canción de rap.

El comensal Gustav Grungans estaba a pun­to de pedir la cuenta cuando por fin, una vez más, llegó el momento: Ottokar estiró el cuello, alzó el pico y soltó su divertida canción.

Gustav había dejado su cartera sobre la me­sa, pero cuando el gallo terminó y Gustav vol­vió los ojos hacia ella, ésta había desaparecido. Evidentemente, alguien había aprovechado el momento del canto del gallo para robársela con rapidez.

Gustav miró hacia el camarero que estaba jun­to a la mesa dando unos golpecitos impacien­tes con el bolígrafo contra la libreta de las cuen­tas. Era posible que fuese él quien había cogido la cartera de la mesa para guardarla velozmen­te en uno de los bolsillos de su delantal. Estaban muy abultados, como si estuvieran llenos de co­sas.

El comensal de la mesa de al lado había de­saparecido por debajo de la misma.

—¿Qué está haciendo? —le preguntó Gustav al señor con unos modales poco agradables.

—En realidad, no es asunto suyo —contestó el otro en un tono muy parecido—, pero se lo voy a decir de todas formas. He puesto un papelito debajo de una de las patas porque la mesa esta­ba bailando.

—Vamos a ver —les interrumpió el camarero di­rigiéndose a Gustav—.¿Va a pagar la cuenta o no?

Gustav ya no aguantaba más.

—Me gustaría, pero no puedo porque segu­ramente usted ha escondido mi cartera en su de­lantal.

El camarero, un tipo muy fuerte y bruto, estu­vo a punto de pegarle una paliza al pobre Gus­tav, que era más bien delgadito y bajo. Sin em­bargo, el propietario del restaurante se había dado cuenta de la situación e intervino.

—¡Es un sinvergüenza! —se enfadó el cama­rero—. ¡Yo estaba mirando a Ottokar y ahora es­te señor me llama ladrón!

La pregunta:

¿Quién tenía la cartera y por qué lo sabemos?

CASO 5.

EL ESPÍA QUE CAYÓ DEL CIELO

El Club D fue invi­tado a visitar una fábrica muy especial en Japón.

Era un edificio cuyas fachadas estaban hechas totalmente de vidrio reflectante y cuya única entrada y salida se encontraba en la azotea. Los empleados, en vez de llegar en autobús, venían en helicóptero todos los días.

Era una fábrica de juegos de ordenador. Aquí se inventaban, se desarrollaban, se programaban y se probaban los juegos. La entrada por la azo­tea no era la única medida de un complejo plan de seguridad para evitar que los espías y ladro­nes de la competencia pudieran tener acceso a los secretos de los nuevos juegos.También las líneas de teléfono y los ordenadores mismos se controlaban continuamente, día y noche.

En cada una de las cuatro fachadas se encon­traba instalada una cámara de fotos que sacaba una imagen por minuto. Si alguien hubiera in­tentado entrar para robar, habría aparecido en las fotos con total seguridad, porque se tardaba más de un minuto en romper los complicados me­canismos de las ventanas.

No obstante, todas esas medidas de seguridad no sirvieron de nada. Nada más terminar un nuevo juego espacial, éste desapareció misteriosamente y la empresa perdió un éxito seguro.

El servicio de seguridad estaba convencido de que el ladrón había llegado del exterior. Los em­pleados controlaron las fotos de las cuatro cá­maras durante más de 22 horas hasta que por fin encontraron el problema, cuando ya tenían los ojos cuadrados. Al final resultó que uno de los guar­das de seguridad era el compinche del espía. Se dieron cuenta en el último momento.

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La pregunta:

¿Qué llamó la atención de los guardas de seguridad? Explícalo.

CASO 6.

LOS MIL NOMBRES DE HUGO HUBER

Su verdadero nombre era Hugo Huber, pero no le había gustado nunca, ni de pequeño. Más tarde, cuando empezó a falsificar cheques, ro­bar tarjetas de crédito, alojarse en hoteles de lu­jo y marcharse sin pagar, demostraba tener una creatividad sorprendente. Solía cambiar de nom­bre al menos una vez por semana. Los nombres que más le gustaban eran los siguientes:

Frido von Friedrichfels

Edelbert Eggermann

Wilhelm Wallenstein

Sigismund Sanddorn

Konrad von Kuhenring

Christoph Chorherr

Benno Barón von Burrenau

Bertram von Beethoven

Hugo era muy listo y muy rápido. En cuanto veía algún peligro, desaparecía. Durante más de tres años, la policía le persiguió sin éxito algu­no.

Sin embargo, al final Hugo cometió un error. Se alojó por segunda vez en el mismo hotel, en el elegante Casa Real. El recepcionista estaba ojo avizor y, al revisar la lista de huéspedes, hubo al­go que le llamó la atención. Enseguida avisó a la policía para pedir que investigasen de cerca a uno de ellos. Esta vez Hugo no tuvo escapatoria. ¡Ma­la suerte! Le condenaron a siete años de cárcel.

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Abajo tienes unos cuantos nombres de la lis­ta de huéspedes del Casa Real. ¿Hay algo que te llame a ti la atención?

Peter Achleitner

Lucía Hikmann

Erích Barón von Murnau

Helmut Wutzel

Inge Bruckner

Markus Graf von Zeppelín

Johannes Schmid

Gustav GrafGrüneis

August Mozart

Hugo Spitznagel

Wolfgang Lindenau

Fríedrích Zott

La pregunta:

¿Cuál es el nombre falso que Hugo Huber estaba usando esta vez?

CASO 7.

LA BARRA DE ACERO

(21 puntos:

7 por cada una

de las tres

respuestas)

El hombre caminaba con pasos lentos, pero decididos, por los pasillos oscuros del Palacio de Hielo.Tenía la cabeza cubierta por una media de nailon para que nadie lo reconociera. En la ma­no llevaba una barra de acero del grosor de un dedo. Una y otra vez la golpeaba contra la palma de su mano.

Se dirigía hacia una puerta gris que daba di­rectamente a un pequeño patio con el suelo de madera,en el que los patinadores se preparaban para su presentación en la pista y, una vez ter­minada, esperaban la evaluación por parte del ju­rado.

Esa noche, sin embargo, el Palacio de Hielo es­taba casi vacío. Sólo había dos personas que ad­miraban las elegantes y delicadas figuras que Sonia dibujaba sobre el hielo. La patinadora artística flotaba prácticamente al son de la música que sa­lía de un radiocasete enorme que había al lado de la pista. Una y otra vez daba saltos dobles y triples, y todos le salían de maravilla. Ni una sola vez se cayó al suelo.

—Es una verdadera artista —dijo Poppi ma­ravillada.

Se lo decía a la señora Jutta Hoffmann, la en­trenadora de Sonia. Era una mujer seria y dura que muy pocas veces se aventuraba a halagar a su pa­tinadora, por muy bien que lo hiciera. Pero ahora asentía despacio e incluso se atrevió a sonreír. Al día siguiente iba a celebrarse el mundial juvenil de patinaje artístico y Sonia era la gran favorita.

Poppi conocía a Sonia desde hacía mucho, a pesar de que se llevaban cinco años. Hacía tiem­po las dos habían sido vecinas y, aunque Sonia y sus padres se mudaron, las dos se seguían viendo de vez en cuando. Poppi ya había acompañado a su amiga a muchos campeonatos.

La música terminó y Sonia acabó su programa con una pirueta increíble. La chica daba vuel­tas con una velocidad que le hacía parecer una columna de colores de la que de repente volvían a salir los brazos y la cabeza. Luego se paró de gol­pe e hizo una reverencia. La señora Hoffmann y Poppi aplaudieron entusiasmadas.

—¡Sonia! —gritó Poppi—.Te espero fuera.Tengo que ir al baño… urgentemente.

Con una sonrisa avergonzada se separó de la entrenadora y salió corriendo entre las filas de butacas. Como el Palacio de Hielo no estaba abier­to al público en ese momento, la única salida era aquella puerta gris por la que solían pasar los de­portistas.

—¡Hasta ahora! —gritó por encima de su hom­bro cuando casi había llegado a la salida.

El desconocido con la barra de acero había es­tado esperando al otro lado de la puerta mientras miraba fijamente un papelito. Al oír la voz de Poppi, se asustó e intentó esconderse en la sombra de una de las columnas del pasillo. Dejó caer el pa­pel, que aterrizó justo delante de la puerta.

Poppi atravesó el umbral y buscó los baños. Al hombre de la barra no lo vio, pero sí el papel que había en el suelo. Se agachó, lo recogió y lo miró con asombro.

Tenía que darse prisa. Por fin descubrió la puer­ta de “Señoras” y desapareció. Una vez terminado lo que tenía que hacer, se acordó del papel. Lo mi­ró y leyó el texto:

Quepar del tefuen la en ezdi las a rátaes ronedi su.lason a lladiro la leparóm.

“¡Qué cosa tan rara!”, pensó Poppi. Debía de ser un mensaje codificado.

La detective intentó descifrar el texto. De re­pente, soltó un grito.

PRIMERA PREGUNTA:

¿Cuál era el mensaje exacto?

—¡Sonia, cuidado! —gritó Poppi con todas sus fuerzas.

En ese preciso momento, Sonia pasó por la puerta gris. El hombre disfrazado salió de detrás de la columna y levantó la mano para dar el gol­pe.  Quería romperle la rodilla a Sonia, tal y como le habían ordenado en el mensaje.

La señora Hoffmann se dio cuenta del peligro y se puso entre la deportista y su agresor. Con el pie derecho le dio una patada en la tripa. El hom­bre se dobló y cayó contra la pared del pasillo. Al ver que no conseguía su objetivo, intentó huir, pero sólo pudo dar dos pasos antes de tropezar­se con la barra de acero que se le había caído con la patada. El desconocido se cayó en plancha. Entre Poppi, Sonia y la señora Hoffmann, consi­guieron reducirlo.

La joven deportista se echó a llorar.

—Gracias, Poppi… Muchas gracias… Si no hu­bieras estado… No quiero ni pensarlo —murmu­ró entre sollozos.

Sabía perfectamente que si el hombre hubie­ra acertado podría haber acabado con su carrera de deportista para siempre.

—¿Quién le ha enviado? —le preguntó la en­trenadora al enmascarado—. ¿Quién? Venga, suél­telo de una vez. ¿Alguna patinadora? ¿O algún otro entrenador?

El hombre se quedó callado.

—¿Qué hora es? —preguntó Poppi.

—Pasadas las ocho —dijo la señora Hoff­mann—. ¿Por qué?

Poppi se despidió con prisa y dijo que llama­ría a la policía. Se fue corriendo a la cabina más cercana y marcó el número de emergencia. Una vez dejado el aviso, volvió a marcar. Lilo estaba en casa. Con pocas palabras, Poppi le contó lo que había pasado.

—Creo que el que está detrás de todo esto va a dejar el dinero en la fuente del parque —ter­minó su relato—. Si nos damos prisa le pillaremos. Tal vez podamos evitar que vuelva a actuar.

A Lilo le pareció bien. Sólo media hora después, los cuatro detectives se reunieron en el pequeño parque municipal donde se encontraba la fuente.Todo estaba cubierto por un bonito manto de nieve y, como siempre en esa época del año, la fuente estaba desactivada.

Cuando Poppi salió del Palacio de Hielo había comenzado a nevar de nuevo y desde entonces los copos no habían dejado de caer. Un único ras­tro rompía la blanca armonía. Una persona había cruzado todo el parque y había pasado cerca de la fuente.

—Tal vez haya sido la persona que traía el di­nero —sospechó Poppi.

Lía miró de cerca la huella.

—No creo —dijo luego—. No se acerca lo su­ficiente a la fuente. Tendría que haber lanzado el dinero…

¡Shh!—avisó de repente Dominik—. Viene alguien.

Desde la puerta norte del parque se estaba acercando una señora muy elegante, alta y del­gada. Iba vestida con un abrigo caro y en la ca­beza tenía enrollado un pañuelo para proteger­se del frío.

Caminaba muy despacio mientras miraba los árboles, los caminos y la fuente. Cuando se dio cuenta de la presencia del Club D, frun­ció el ceño.

—¿No deberíais estar en la cama a estas horas? —preguntó.

—No —respondió Lilo con concisión—. ¿Y us­ted? ¿Le permite su mamá salir a estas horas?

Los ojos de la mujer se convirtieron en dos es­trechas rendijas.

—¡Maleducada! —le dijo a Lilo antes de darse la vuelta y marcharse.

—¿Os habéis fijado en su bolso? —preguntó Dominik en voz baja—. Está muy abultado.

Los demás asintieron con la cabeza.

Ahora se acercaba desde la puerta sur del par­que, la misma por la que habían entrado los detectives, un hombre que llevaba puesto un abri­go de piel. Tenía la mirada fija en el suelo y ca­minaba muy rápido. Al llegar a la fuente desace­leró el paso.

—¿Está buscando algo? —le preguntó Lilo.

El hombre se pegó un susto. No había visto a los chicos.

—Oh, ejem… —respondió—. En realidad, sí. He pasado por aquí con mi perro hace un rato y creo que se me ha perdido la llave. ¿La habéis encon­trado?

Los detectives negaron con la cabeza y dije­ron que lo sentían.

—Pues nada, mala suerte —dijo el hombre—. Tendré que seguir buscando.

Los detectives no tuvieron tiempo para inter­cambiar opiniones acerca del hombre porque en el mismo momento en el que se marchó, apare­ció otra mujer. Llevaba ropa aún más elegante y cara que la primera señora. Por eso desentonaba mucho la bolsa de plástico de supermercado que tenía en la mano. Miró a su alrededor varias ve­ces y finalmente se acercó a una papelera.Tiró deprisa la bolsa y se marchó rápidamente.

Los detectives se fueron corriendo hacia la pa­pelera para volver a sacar la bolsa. La abrieron y miraron lo que había en su interior.

—Ahora ya sé quién ha sido —dijo Lía.

SEGUNDA PREGUNTA:

¿Quién había hecho el encargo al enmascarado?

TERCERA PREGUNTA:

¿Cómo demostró Axel que el culpable había mentido?

Por cierto, en la bolsa de plástico sólo había envoltorios vacíos de hamburguesas, ya que a la señora le daba vergüenza su afición a la comida rápida.

CASO 8.

¿VERDADERO O FALSO?

Dos de las historias de Poppi son verdaderas, y una es falsa.

1. No sólo hay glaciares en los Alpes y los Piri­neos. Las nieves perpetuas se encuentran in­cluso cerca del Ecuador.

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2.  Los árboles baobab crecen en África.Tienen el tronco muy, muy ancho y ramas muy fi­nas con aspecto de raíz.

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Los árboles viejos suelen estar huecos y en ocasiones se utilizan como ga­rajes para autobuses.

3. El bolígrafo no es un invento del ser humano, sino de un pez.

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CASO 9.

EL DETECTIVE BALDUINO PIFF Y LOS TRES GEMELOS

¡MAESTRO, tiene que ayudarme, por favor! —gimió Eilen Semmel mientras restregaba des­consolado su narizota con la mano derecha y el lobulillo de la oreja con la izquierda.

Balduino Piff, 166 centímetros de estatura, 90 ki­los de peso, astuto, una bola con dos piernas cortas, apretó afable un dedo, pequeño y gordo, contra la ba­rriga de su cliente mientras decía:

—Todas las noches le llaman por teléfono varias veces y cuando usted lo coge, alguien, al otro lado de la línea, se pone a sollozar, ¿no es así?

—¡Que no, que no! —interrumpió Eilen Semmel excitado—. ¡Se ríe!

—¡Por todos los diablos! —gritó el maestro, de sensible olfato y voraz apetito—, a eso me refiero con sollozar.

—¡Ah! —farfulló Eilen observando a Balduino con recelo bajo unos párpados semientornados—. Llama sollozar a reír.

—Querido señor Semmel… —comenzó Balduino Piff. Se paró a respirar hondo, pero interrumpió de golpe la acometida, movió la cabeza y añadió con cier­ta pena—. Hay risas que hacen llorar.

El señor Semmel asintió mudo.

—Bien. Ahora explíqueme cómo se ríe el suyo.

—Suena como un chorro de carcajadas.

—¡Je, je, je, je…!

—¿Por qué se ríe usted? —se enfadó el señor Semmel—. ¡No lo puedo soportar!

—Disculpe. Ante un chorro así no me puedo con­tener —aclaró el detective, y prosiguió—: alguien le llama por teléfono y le enchufa una manguera de car­cajadas a la oreja. Curioso, realmente. ¿Y nunca ha di­cho el tipo ni una sola palabra?

—Hasta ahora, no —contestó Eilen casi con lágri­mas en los ojos—. Estoy muerto de cansancio. No hay noche que pueda dormir como Dios manda.

Balduino Piff paseó ligero, uno-dos-uno-dos, cua­tro veces, de pared a pared. Paró, al fin, frente a Semmel y dijo:

—Esta noche iré a su casa. A lo mejor consigo arrancar unas palabras a ese «bombero».

—¡Oh! —Eilen Semmel se transfiguró—. Se lo agradezco de verdad; gracias, muchas gracias, mi que­rido maestro. Así ya me siento mejor. ¿Permite que le prepare alguna cosita para picar?

Balduino Piff alzó bruscamente la cabeza y escrutó a Semmel con una arruga profunda entre las cejas:

—¿Es usted de la Cofradía del Puño o qué? —saltó.

—¡No, no, nunca! —se apresuró a negar el señor Semmel. Y ante la idea de que Balduino se volviese atrás de lo dicho, repitió en tono algo más fuerte—: ¡Jamás!

—Entonces, ¿por qué habla de alguna pequeeeee-ña cosa para picar? —el detective estiró la segunda e, de pequeña, tres metros y medio.

—Toooodo lo que usted quiera, mi gran maestro —balbució el señor Semmel asustado y, a la vez, con sensación de alivio. Si sólo era por eso… Hizo un ade­mán de «usted dirá» y continuó—: Lo que desee le será servido.

Balduino Piff se palmoteó satisfecho la barriga y tras dar con la lengua un goloso chasquido, hizo la lista:

—Bueno, tráigame medio kilo de fiambres surti­dos, filetes de carne asada fría, sardinas en aceite, cua­tro tomates, poco maduros, crema de cacahuete y al­gunas barras crujientes de pan.

—¡Oh!… —exclamó asombrado Eilen Semmel.

Balduino Piff asintió con cara seria y musitó con voz queda:

—Después de todo, nos espera una larga noche —y añadió más alto—: A las ocho en punto estaré en su casa.

El pequeño detective cumplió su palabra. El reloj de la iglesia de los franciscanos daba las ocho cuando Balduino Piff apretó el timbre de la puerta de Semmel. Segundos más tarde estaba ya conectado al teléfono el magnetófono que había llevado consigo.

Pasó tiempo…

Sonaron las diez (¡todos los platos y fuentes lim­pios ya de polvo y paja!).

Las once.

Las once y media.

Once cuarenta y tres: ¡Rrrrrrr…!

Eilen Semmel y Balduino Piff saltaron a la vez.

«¡Rrrrrrr…!», seguía el teléfono.

—Golpea mi corazón como un martillo pilón —musitó Eilen. Y Piff le hizo callar.

«¡Rrrrrr…!»

Balduino pulsó el botón del magnetófono, cogió el teléfono y trinó con agudo tono de mujer.

—Hola cariño, ¿por qué llamas tan tarde?

—¡Oh! Perdone, me he equivocado de número —dijo una voz y colgó.

El detective posó primero el auricular cuidadosa­mente, y clamó:

—¡Diablos!

Eilen Semmel le cogió del brazo y preguntó con voz ronca:

—¿Se ha reído?

Balduino dio marcha atrás a la cinta. Lanzó a Semmel una mirada elocuente y masculló con mucho secreto:

—Ahora sabemos algo más, querido señor Sem­mel. Ahora mismo… ¡Atento!

Apretó la tecla de parar y acto seguido la de repro­ducir. ..

Silencio; sólo un ligero zumbido… y, ya: «Hola ca­riño, ¿por qué llamas tan tarde?» —pausa—. «¡Oh!, ¡perdone, me he equivocado de número!»

Balduino Piff desconectó el magnetófono y se diri­gió a Eilen Semmen, que, en ese instante, pálido y tembloroso, retrocedía tambaleante hasta dar con su cuerpo en un sillón próximo.

—Esa voz… Sólo puede ser de Otto o Abel.

El detective miró a Semmel con recelo.

—¿Quiénes?

—Mis hermanos gemelos Otto y Abel. Los tres es­tamos peleados.

—¡Diablos! —exclamó Balduino sorprendido.

—Hace años que no nos hablamos.

—¡Jo, jo, jo! —retumbó Balduino—, esos dos y yo nos vamos a ver las caras. Si antes de mañana a me­diodía no sé quién es el bromista, que me dejen sin postre.

«¡Rrrrr…!», de nuevo el teléfono.

Semmel descolgó el auricular y Balduino pulsó la tecla del magnetófono.

—Jajajajajaja… Jojojojojo… Juajuajuajua… Jijijijiji… Jejejejajajajajijijijijojojojojujujuju…

Balduino Piff fue primero a casa de Otto Semmel. Se parecía tanto a su hermano Eilen, que le costó tra­bajo hacerse a la idea de que aquel no era el de la vís­pera. Después de las presentaciones, atacó de frente.

—A su hermano le molestan todas las noches con un chorro de carcajadas —el dedo índice de Balduino, pequeño y gordo, se dirige al pecho altivo de Otto.

—Su hermano sospecha que el «bombero de la ri­sa» es usted.

—¡Fuera de aquí! —increpó Otto con voz de false­te lanzando por los ojos venablos envenenados—. ¡Hace siglos que no me trato con ese Eilen!

Durante siete calles llevó Balduino Piff el portazo prendido del tímpano.

Ante la puerta del número 49 de la calle del Ebanista, el pequeño detective se frotó los ojos, incré­dulo de lo que veía. ¿No sería que ese colérico y escandaloso Otto se le había adelantado y estaba ahora ahí, ante él, como si fuera Abel? ¿O, acaso Abel era en realidad Eilen y él, Balduino Piff, la víctima de una bro­ma absurda? ¿O, quizá estaba soñando?

Pero la figura que tenía delante le habló:

—¿Qué desea usted, por favor?

Balduino se quedó mirando al tercer gemelo, cuya voz era de un tono algo más triste y menos estridente que la de Otto.

—¿Es usted el señor Semmel?

—El mismo —Semmel número tres, sonrió bonda­doso.

—¿El señor Abel Semmel? —Balduino quería estar bien seguro.

—Sí, ese soy yo. ¿Qué le sorprende?

—El parecido que tiene con sus hermanos —agre­gó el detective.

—Nada hay de extraño. Ocurre con dos gemelos, con tres, con cuatro y así sucesivamente —Abel seguía sonriendo—: ¿Era eso todo?

—No, estoy aquí, porque su hermano cree que es usted el de la risa, o sea, el que suelta los chorros de carcajadas.

La afabilidad de Abel se convirtió en un gesto hostil.

—Yo no sé quién es usted ni qué significan esas majaderías, pero le diré una cosa: ¡Hace cinco años que he roto las relaciones con mis herma­nos!

También esta puerta se cerró con mayor violencia de lo habitual.

Eilen miraba expectante al detective. Balduino Piff pensaba que el buen Dios no puede ser tan serio como lo pintan, pues ya hace falta humor para dar caras tan iguales a tipos tan distintos.

—¿Ha podido averiguar algo, señor Piff? —tanteó Eilen con prudencia.

El detective se dejó caer en un sillón y respondió afirmativamente con la cabeza:

—Balduino Piff siempre averigua algo —agregó vanidoso.

—¿Quién es? —la impaciencia del resentimiento timbraba ahora la voz de Eilen. Su diestra acudió de nuevo a la nariz de pepino.

—¿Cuál de los dos se imagina que es: Abel u Otto —inquirió Balduino con un guiño malicioso.

Eilen Semmel se encogió un poco:

—Si he de ser sincero…

—¡Diablos!, ¡si no para qué le pregunto! —clamó Balduino con viveza.

LOS 3 GEMELOS

—Bien, entonces, … yo sospecharía de los dos. Lo mismo del rudo Otto que del suave Abel.

—¡Aja!… —dijo Balduino Piff.

—¿Y…? —demandó Eilen.

—¡El rudo! —dijo el detective.

—¡¿Otto?!

—¡Otto! —confirmó Balduino—. Se ha delatado él mismo.

—¿Cómo?

—Cuando le eché en cara la fechoría, replicó: «Hace años que no me trato con Eilen.» Así cayó él mismo en la trampa, ¡je, je, je!

—Pero ¿cómo? —quiso saber Eilen. Su mirada re­velaba la perplejidad más candida.

—¿Ha olvidado que son tres gemelos?

Poco a poco en los ojos de Eilen se encendió una luz

—Quiere usted decir…

LA PREGUNTA:

¿Cómo supo que había sido Otto? EXPLÍCALO.

CASO 10.

LA AVIONETA HUNDIDA

—¿De verdad vas a bucear en medio de la no­che? —preguntó Poppi preocupada al ver que Abel se estaba poniendo el traje de buzo, las bom­bonas de oxígeno y las gafas.

—No, me voy a bailar —contestó el chico sol­tando una risa irónica y molesta. Luego añadió—: Claro que voy a bucear. A ver si encuentro el te­soro.

—Pero el monstruo del lago… —dijo Dominik frunciendo el ceño.

—¡Es sólo una leyenda! —replicó Abel.

Sin embargo, no estaba muy seguro.”¿Y si no fuera una leyenda?”, pensó al tirarse al agua de es­paldas. Conectó el foco subacuático y empezó a mover las aletas, despacio pero con fuerza.

Rápidamente descendió hasta el fondo del lago Negro. Las burbujitas de su respiración subían ha­cia la superficie donde sus amigos le esperaban con ansiedad.

Abel no tuvo que buscar mucho tiempo. A los cinco minutos ya había encontrado la avioneta hun­dida. Se había partido en dos por la mitad y mu­chas piezas pequeñas estaban repartidas por el fondo fangoso del lago. Abel distinguió la hélice, las alas, el asiento del piloto y el timón de altura. Lo único que no consiguió ver fue la caja con los lingotes de oro. Era eso lo que estaba buscando. El chico rodeó dos veces la avioneta hundiendo las aletas en el lodo. De repente, descubrió algo.

“¡Qué locura!”, pensó. “No puede ser.”

Estaba a punto de agarrarlo con la mano cuan­do de golpe un tentáculo puntiagudo le rodeó por la cintura. Abel se pegó tal susto que se le ca­yó la boquilla del oxígeno. ¡Ya no podía respirar! Empezó a mover las piernas y los brazos como un loco, pero el tentáculo no lo soltaba. Era imposi­ble que fuera un pulpo. Estaba en un lago de agua dulce, no en el mar.

Con dificultad, el detective en apuros consi­guió girar la cabeza y descubrió dos ojos de co­lor amarillo fluorescente.

“¡Aire! Necesito aire”, pensó mientras intenta­ba en vano recuperar la boquilla. La lucha contra esa criatura se hacía más dura por momentos. Evi­dentemente, el monstruo del lago no era sólo una leyenda. Y encima, ahora le mordía.

En la orilla del lago, Poppi, Dominik y Lilo se ponían cada vez más nerviosos. Abel había dicho que no iba a quedarse más de diez minutos en el agua y ya llevaba un cuarto de hora.

Los detectives estaban pasando una semana de vacaciones en un campamento en el lago Ne­gro. Durante el largo viaje en tren, Dominik había leído en una guía turística que diez años atrás una avioneta deportiva de una sola hélice se había caí­do al lago. Según rumores, transportaba una ca­ja con diez lingotes de oro. Sin embargo, todos los intentos de rescatarla hasta ahora habían si­do en balde. Nadie encontró el oro. El piloto, que afortunadamente se había salvado, decía que no sabía nada de la valiosa carga.

Nada más llegar al campamento, Lía había oído por casualidad comentar a unas compañeras que dos noches antes habían visto algo rarísimo en el lago: un monstruo. Tenía la cabeza muy pla­na y salió a la superficie varias veces. Sin em­bargo, las chicas no querían hacer el ridículo y no se lo habían dicho a nadie. Lilo pensó que se trataría de una broma de los chicos del campamento, pero aún así, se le quedó una extra­ña sensación.

A Abel le apasionaba el buceo y no pudo re­sistirse a buscar el oro y el monstruo. No tardó en conseguir un equipo de buzo. Pero ¿por qué tar­daba tanto en volver a la superficie?

—¡Mirad! —gritó Dominik de repente— ¿Veis lo mismo que yo?

A diez metros de la orilla habían emergido las aletas de Abel.

—¡Dios mío!—exclamó Lilo—.¡Creo que le ha pasado algo!

Menos mal que llevaba el bikini debajo de la ropa. Rápidamente, se quitó los vaqueros y el jer­sey, se metió la linterna subacuática entre los dien­tes y saltó el agua. Un escalofrío le recorrió el cuer­po al llegar junto a las aletas: en la goma se veían claramente huellas de mordiscos, como si Abel se hubiera encontrado con un tiburón.

Lilo volvió a la orilla lo más rápido que pudo y se dejó caer sobre la hierba. Notaba cómo los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¡No puede ser! —dijo jadeando—. No me puedo quedar aquí sentada. Tengo que ayudar a Abel; si, al menos, supiera cómo…

En ese momento percibieron un movimiento en el agua. Una cosa oscura y redonda salió a la superficie. ¡Era el monstruo! Y luego, a poca distancia, hubo otro movimiento. Afortunadamen­te, asomó la cabeza de buzo del detective.

—¡¡Abel!! —gritaron a la vez Poppi, Dominik y Lía.

El chico nadó hasta la orilla.

—El…el monstruo…—jadeó—, es un sub…un submarino en miniatura que funciona a con­trol remoto.Tiene unos tentáculos superfuertes. Tenemos que averiguar quién lo dirige. Me atacó y menos mal que sólo me agarró de las aletas.

El submarino se movía a gran velocidad y a los detectives les costó seguirle a lo largo de la orilla. De repente,el vehículo acuático desapareció den­tro de una caseta guardabotes. De puntillas, los chicos se acercaron a la puerta. Con sumo cuida­do, la abrieron. Dentro de la caseta de madera vie­ron a un hombre con un mando a distancia en la mano,grandeycomplejo. A su lado había un mo­nitor que reproducía las imágenes que transmitía la videocámara instalada en el submarino.

En ese momento Lilo pisó una tabla suelta y el crujido delató a los cuatro visitantes. El hombre se asustó y se dio la vuelta. Los miró con rabia.

—¿Qué está haciendo? —dijo Lía no menos enfadada—. Ha estado a punto de matar a nuestro amigo.

—¡Un niño! —exclamó el hombre sorprendi­do—. ¡Sólo eres un niño!

La descripción no le hizo gracia a Abel.

—Soy detective —gruñó disgustado. Ense­guida expresó su sospecha—: Usted está bus­cando el oro, ¿no?

El hombre se quedó callado.

—Sé dónde está —le dijo el chico.

La noticia le sorprendió.

—¡Dime dónde! —gritó con avidez—. Es mío.

—Eso lo dirá cualquiera —repuso Lilo.

—Lo que digo es verdad —contestó el hom­bre—. Hace diez años mi hermano y yo hereda­mos de nuestro padre una gran cantidad de oro en lingotes y pepitas. En total, valía varios millo­nes. Mi hermano me quería engañar y huyó lle­vándoselo todo. La avioneta que cayó en el lago era la suya. Después dijo que ya no quería saber nada del oro, que sólo le había traído mala suer­te. Pero sé que lo tenía dentro de la avioneta, aun­que nadie lo haya encontrado todavía. Yo no sé bucear y por eso he comprado este robot sub­acuático. Por favor, chico, dime dónde está el oro. Te daré una buena recompensa.

Por primera vez desde el susto debajo del agua, Abel sonrió.

—Me parece que su hermano empleó un tru­co muy viejo, pero muy efectivo —dijo con voz misteriosa—. El oro ya no está en lingotes. Ya no tiene brillo, aunque no deja de ser oro.

El hombre tardó en entenderlo, pero cuando al fin cayó en la cuenta se golpeó varias veces con la mano en la frente. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

Pocos días después, Abel y sus amigos recibieron una recompensa porque la sospecha del chico resultó acertada. De nuevo el Club D había resuelto con éxito un caso.

¿DE QUÉ VIEJO TRUCO HABLABA ABEL?

CASO 11:

CARTA URGENTE

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Todo había ocurrido en Jerez, en octubre de 1987. La muerte de Jorge Ruiz Meri había puesto en tela de juicio la labor de la policía. Nadie pudo averiguar quién lo había matado aquella lluviosa tarde mientras dormía plácidamente la siesta en su cuarto.

Ni la policía ni la guardia civil pudieron encontrar al asesino.

Ahora, sin embargo, cinco años más tarde, Patty y Peter consiguieron que se reabriera el caso.

Cuando la policía volvió a llamar a los tres hijos de Jorge Ruiz para interrogarlos, Carlos, Luis y Eloísa volvieron a negar su participación en el crimen. Cada uno de ellos tenía una coartada. La de Eloísa era la más endeble, ya que los otros dos declararon que la habían visto entrar en el cuarto de su padre justo durante la hora de la siesta. Según Eloísa, había entrado para entregarle la carta urgente que acababa de llegar para él y ya lo había encontrado muerto. Incluso conservaba aquella carta que nunca había sido abierta.

A Patty y Peter les bastó con echarle una ojeada para saber que Eloísa mentía e hicieron que la detuvieran. ¿Por qué?

CASO 12:

LA PINTADA EN EL INSTITUTO

-¿Quién lo ha hecho? –preguntó la secretaria del Centro

-…

-Bien, ya lo avertiguaré yo, y entonces… que se prepare el culpable.

Esa mañana, cuando el conserje abrió la puerta del Instituto, se quedó pasmado al leer la pintada. Inmediatamente supo que se refería a D. Luis, uno de los profesores más antiguos del Centro. Todos los alumnos, desde el primer día, lo apodaban “El mosca”: decían que, cuando hablaba, parecía emitir zumbidos, como los de esos molestos animalitos voladores.

La pintura aún no estaba totalmente seca. Era de un color entre azul y morado, y habían utilizado un espray normal y corriente.

La secretaria, desde que entró esa misma mañana, lo tuvo claro. Tres eran sus candidatos, todos ellos de la misma clase. El día anterior, su clase, 3º B, había tenido un examen con D. Luis y la sensación general había sido de desastre, de un desastre ya anunciado por el profesor, quien se lo había advertido desde el principio: “Como sigáis así, os va a resultar muy difícil aprobar”.

Eran dos niñas, Leo y Cris, y un muchacho, Toni. Los tres habían destacado ya por sus frecuentes visitas a la Jefatura de Estudios. Leo iba vestida de forma muy semejante a Cris, pero mientras ella iba con camiseta verde y pantalón rosa, Cris llevaba el pantalón azul y una camiseta roja. Toni, iba de naranja y marrón. Ninguno de ellos tenía manchas de pintura ni en la ropa ni en la piel.

A pesar de todo, a la secretaria le bastó con fijarse un poco e inmediatamente supo el nombre del culpable.

¿Quién ha hecho la pintada y en qué se nota?

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CASO 13:

LA FOTO DELATORA

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CASO 14:

ROBO EN LA

BIBLIOTECA

Nuestros amigos Patty y Peter se encontraban en la Biblioteca Nacional en busca de un libro de consulta. Estaban tomando notas cuando vieron a un miembro del ser­vicio de seguridad que corría por un pasillo en busca de ayuda. Al parecer, alguien había entrado en una sala donde se exponía un libro antiguo de gran valor y a pesar del sistema de alarma había conseguido llevarse la obra.

Antes de romper el cristal de la urna —lo cual hubiera hecho sonar la alarma— se tomó la molestia de desclavar la mesa por una de sus caras, accediendo de ese modo a los cables y cortándolos sin dificultad sin que la alarma sonara.

La operación había sido perfecta, aunque el ladrón se arriesgó demasiado porque tuvo que emplear un tiempo.

No se encontraron huellas de ninguna clase porque utilizó unos guantes que, al terminar el trabajo, dejó abandonados al igual que sus herramientas.

Nuestros amigos se presentaron al instante en el lugar de los hechos, y apenas comprendieron lo que había pasado, alertaron a los guardias para que cerraran inme­diatamente el edificio, pues era muy posible que el ladrón aún estuviera dentro. Así lo hicieron y el autor del hecho fue detenido cuando intentaba salir entre un grupo de gente. Nadie comprendió por qué nuestros amigos estaban tan seguros. ¿Lo sabes tú?

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CASO 15:

MANCHAS

DE

PÓLVORA

La temperatura en el jardín no era la más aconsejable para su salud a aquellas horas. John Adelbert se levantó y, lentamente, fue caminando hacia la casa.

En realidad no se encontraba cómodo. Aque­lla misma tarde había mantenido una de sus habituales discusiones con su esposa y la había amenazado con abandonarla. Luego esta­ba su sobrino, Andy, tan contrario siempre a complacerle en sus deseos. En alguna ocasión le había amenzado con marcharse de aquella casa y John le había desheredado, sin impor­tarle comentarlo en su presencia cuantas ve­ces consideraba oportuno. No le complacía su debilidad y su incapacidad para ponerse al frente de los negocios, por esta razón se sen­tía defraudado.

Se había sentado tras su mesa de despacho abstraído por estos pensamientos, cuando unos golpecitos le hicieron levantar la mirada hacia la puerta. El rostro de Andy apareció con su inexpresividad de costumbre. Quería hablar con él unos minutos, y de mala gana le señaló uno de los sillones que tenía delante de su me­sa. La voz del joven sonaba tranquila y este de­talle empezó a interesar a su tío.

Se hubiera desarrollado tal vez una conversación normal, de no haber sido por los hechos que ocurrieron a continuación. Andy volvió la cabeza hacia la ventana que daba al jardín y vio a Ágata, la esposa de su tío, de pie en el césped con un revólver entre la manos que apun­taba en esa dirección. No tuvo tiempo de in­tentar ninguna acción; sonaron dos disparos y su tío se desplomó sin vida.

Andy, posteriormente, declaró a la Policía que los hechos se habían producido de esta manera; sin embargo, la versión de Ágata era totalmente distinta.

Afirmó que se encontraba en el piso supe­rior de la casa cuando escuchó dos detonacio­nes. Bajó inmediatamente al piso de abajo y vio a su esposo muerto en el despacho. Andy estaba allí con un revólver en la mano. En su presencia rompió un cristal y arrojó el arma al jardín.

La Policía comprobó más tarde que se trata­ba de un revólver de escaso calibre como de­mostraban los orificios sobre las manchas de pólvora que tenía la camisa de la víctima. El ar­ma fue examinada y cualquiera de los dos que lo hiciera se tomó la pequeña molestia de no dejar huellas dactilares. Era, por tanto, un tes­timonio contra otro. ¿Sabes quién lo hizo?

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CASO 16:

Robo

en el

despacho

El inspector examinaba con atención todos los detalles. Lawrence Ralston, gerente de la empresa, no dejaba de hablar explicando al policía una y otra vez cómo pensaba que se había cometido el robo en su despacho. Judy y Marta, sus secretarias, se encontraban en el despacho de enfrente y estaban siendo interrogadas por nuestros amigos Patty y Peter.

Al parecer, el cajón superior de su mesa había sido forzado, como lo demostraba la marca que que­dó en el borde, en el que se veía dañada la madera.

El señor Ralston guardaba en su interior una pequeña caja metálica que contenía algunos docu­mentos y, con frecuencia, grandes cantidades de dinero que permanecían allí poco tiempo por razo­nes de seguridad. Las únicas llaves de ese cajón, así como las de la caja metálica, las poseía el señor Ralston, pero la cerradura de esta última era tan simple que cualquiera podría abrirla sin problema, al contrario que la del cajón.

Aquella mañana el señor Ralston tomó unos documentos de su cartera y acudió a una importante reunión en la planta superior del edificio. Judy le acompañó para tomar notas, quedando sola Marta. El despacho de Ralston estaba abierto, pero ella afirmó en el interrogatorio que no entró allí para na­da. Uno de sus compañeros de la empresa estuvo hablando con ella sobre un trabajo y tam­bién declaró que ninguno de ellos se había movido del despacho. Cuando Judy volvió ambas continuaron juntas su trabajo.

Más tarde, cuando regresó el señor Ralston a su despacho, descubrió el robo y lo denunció. Nuestros amigos no tardaron en averiguar quién lo había hecho. ¿Lo sabes tú?

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CASO 17:

CRIMEN ENTRE

FLORES

EL invernadero era pequeño y con de­masiadas plantas. La pasión de Sandra por las flores exóticas quedaba patente viendo el interior. La temperatura era alta y seguía en aumento. Sandra no podía bajarla porque su cuerpo yacía sin vida en el suelo, alguien la había estrangulado con un alambre dejando fuertes marcas en su cuello. Desde primeras horas de la mañana nadie la había visto en la finca. Albert, su marido, la buscó por toda la casa y en las caballerizas. Sólo quedaba el invernadero La pequeña edificación de cristal estaba al fondo del jardín y parecía pintada de gris por espeso vaho que cubría sus cristales y la falta de claridad del día.

Albert empujó la puerta, pero ésta estaba cerrada y el resbalón sólo podía abrirse desde dentro. Golpeó con los nudillos y llamó a esposa sin obtener respuesta. Pasó la mano sobre uno de los cristales para quitar el vaho y entonces la vio. Asustado corrió a la casa y avisó a la Policía:

-¡Mi esposa está muerta con unas marcas moradas alrededor del cuello!

William, el mayordomo afirmó que la vio bajar muy temprano. Tras servirle el desayu­no hablaron un momento y no volvió a verla.

Bob, el hijo del jardinero, afirmó que la vio dirigirse al invernadero a primeras horas de la mañana. Sacó la llave de su bolsillo y abrió la puerta que cerró inmediatamente tras de sí. Después, él estuvo en el exterior barriendo las hojas que caían de los árboles. En ningún mo­mento la vio salir. Las hojas quedaron allí mien­tras él fue al cobertizo para buscar unos sa­cos. Al volver se extrañó de que las hojas no estuvieran amontonadas tal como él las dejó, pero pensó que el viento las habría dispersado. Willian sólo vio a Albert dirigirse al inverna­dero, asomarse y regresar corriendo para lla­mar a la Policía. El veterano inspector ya sa­bía a quién debía detener. ¿Sabes a quién y por qué?

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CASO 18:

POR UN PAR

DE ZAPATOS

LA cacería estaba prevista para el domin­go, pero todos los invitados ya estaban en la finca Ascher el sábado. Entre otros invitados, se encontraban el inspector Gray y su ayudante, el sargento Palmer.

En la noche del sábado, ocurrió un hecho insólito: el jardinero que cuidaba la finca apa­reció muerto en un cobertizo. Los vecinos más próximos estaban a varios kilómetros, por lo que inmediatamente se pensó que el asesino se encontraba allí.

Algo fortuito ayudaría al inspector Gray en su trabajo: esa misma tarde, Arnold, el jardi­nero, había pintado el suelo del cobertizo con una pintura que tardaba en secar. El suelo apareció lleno de huellas y todas eran de él excepto una que no correspondía a la suela de sus botas, sino al calzado de su asesino.

Era una pintura que no podía limpiarse si no se utilizaba un disolvente especial, por lo que el inspector comprendió que el asesino tal vez no se habría dado cuenta y aún tendría puesto ese calzado manchado. Inmedia­tamente reunió a todos en el salón de la casa y les pidió que se descalzaran.

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James se quitó sus botas de suela gruesa con dibujo y largos cordones que dejó suel­tos; Sara se descalzó sus caros zapatos y, cuidadosamente, abrochó de nuevo las correíllas del empeine. David entregó sus pul­cros zapatos negros, aunque corrientes, por­que el policía tenía otros iguales, y Cárter aflojó los cordones de unos impecables za­patos marrones cuya fina suela contrastaba con la rústica de las sandalias de Bernard, el hijo del jardinero, que también las abrochó tras quitárselas. Ninguno de ellos tenía la me­nor mancha de pintura, por lo que el policía comprendió que el asesino, aunque tuvo tiempo de cambiar su calzado, sin embargo por su precipitación -porque les reunió por sorpresa-, se había olvidado de un pequeño detalle que indicaba que no había terminado de ponérselos correctamente. De esta manera, el sargento reparó en ese detalle y detuvo a uno de los presentes. ¿Sabes a quién y por qué?


CASO 19:

Un disparo

de escopeta

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Ed Travis cerró la puerta de su despacho. Alex Howar, su socio, se encontraba en el suyo situado enfren­te y con la puerta abierta, por eso se extrañó cuando escuchó el ruido del pestillo de Travis al cerrarse por dentro. No tenían secretos entre ellos, de modo que no había motivo para que su socio tomara esas precauciones. Sin embargo, Howar no podía imaginar lo que Ed se propo­nía: en ese momento introducía un cartucho en su escopeta de caza, levantó los cañones y ce­rró el arma. Tres segundos después, Howar se sobresaltó al escuchar la detonación. Se levantó inmediatamente e intentó abrir la puerta de Ed. Al estar cerrada tuvo que golpear con el hombro varias veces hasta que el pestillo saltó.

Travis estaba en el suelo, boca abajo. Tenía una herida en el pecho y nada se podía hacer por él. Fue entonces cuando Howar reparó en un sobre azul que había junto a la chimenea. Lo había visto en el correo de la mañana y le llamó la atención por su color y forma poco frecuentes. Estaba vacío, y entre los troncos casi consumidos había restos de papel quemado. Tal vez era ésa la explicación de los hechos. Howar llamó a la Policía y el inspector comprobó todo con especial atención en el pestillo roto y en los restos de papel quemado. Nada se podía leer en ellos, pero no era necesario para detener a Howar acusado de asesinato. ¿Sabes por qué?

CASO 20: COMPAÑERAS

CAROLINE Brooke acusaba a Sarah, su compañera de residencia, como autora del asesinato de Kate Ruston. Afirmó que vio cómo ambas discutían en el pasillo y después pasaban al cuarto de Kate. Atraída por la curiosidad, se acercó sin hacer ruido, a oscuras, hasta la puerta entreabierta y escuchó cómo Sarah amenazaba a Kate. El rui­do que siguió indicaba que ambas peleaban. A continuación, un golpe más fuerte sumió la habitación en un profundo silencio. Caroline contuvo la respiración y se ocultó tras unas cortinas.

Por la puerta entreabierta salía luz. Unos mi­nutos después, la puerta se abrió suavemente y salió Sarah. Miró a ambos lados del pasillo y, tras comprobar que no había nadie ya que no se veía luz en ninguna dirección, se dirigió al cuarto de Caroline, justo enfrente. Entró sin hacer el menor ruido. Unos segun­dos después salió con un pequeño objeto metálico con una perla y entró de nuevo a la habitación de Kate.

Cuando salió, cerró la puerta y desapareció por el oscuro pasillo hacia su cuarto. A la ma­ñana siguiente, el cuerpo de Kate fue descu­bierto y se avisó a la Policía. El inspector ob­servó atentamente el cuarto de la víctima. El cadáver estaba vestido con ropa de calle y te­nía un fuerte golpe en la nuca. Cuando el poli­cía escuchó los hechos que Caroline Brooke le contaba, abrió la aferrada mano de Kate y extrajo un pendiente idéntico a otro propiedad de Caroline. Esta afirmó que Sarah lo puso ahí para acusarla a ella.

Su compañera, por su parte, admitió que conocía esos pendientes, pero negó los he­chos y acusó a Caroline de cometer ella mis­ma el crimen. El agente se interesó en el tiempo que, al parecer, Sarah estuvo en el cuarto de enfrente: apenas unos segundos. Los pendientes se hallaban en un pequeño joyero sin llave sobre la mesilla de noche. No dio la luz, pero todos los cuartos era iguales y era fácil andar a oscuras. El astuto policía ya había oído suficiente y detuvo a una de ellas. ¿Sabe a quién y por qué?

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